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Por tercera vez para mí, aquella gran puerta de hierro reforzado, que separaba la habitación del mundo exterior, se abrió para condenar la vida de otro pobre desgraciado. En esta ocasión era un hombre de anciana y risueña apariencia. Llevaba numerosas prendas sobre el cuerpo, las cuales estaban completamente tupidas por un bello atavío de reluciente nieve. La absurda fascinación de aquella escena me distrajo unos segundos de ejecutar mi objetivo. No obstante, me apresuré para alzarme de la silla mientras recogía el cuaderno, las reglas y el lápiz. El hombre se asustó ante mi reacción y la chica tan sólo agachó la cabeza. Raudo me dirigí hacia la puerta, que aún seguía abierta de par en par.
De repente, una fuerza superior a la de mis piernas me detuvo en seco en el momento más álgido que cupiere esperar. En un principio pensé que mis carceleros ya sabían de mi plan y no me dejarían salir tan fácilmente. Sin embargo, pronto me percaté que realmente no existía nada que me impidiese salir por aquella puerta. Una sensación de remordimiento recorría mi cuerpo y sabía justo lo que tenía que hacer para eliminarla.
Desgraciadamente el tiempo iba en mi contra, por lo que tenía que actuar rápido. Así que sin pensar di la vuelta, levanté a la chica de su asiento mientras recogía también sus pertenencias de la prisión. La sostuve de la mano y de nuevo me di la vuelta, esta vez para recoger las posesiones del anciano, el cual aún seguía silente. Pero inevitablemente algo más importante requería mi atención. La puerta comenzaba a cerrarse…

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Un silencio sepulcral se apoderó de la habitación. Yo aún era incapaz de ver con claridad a la persona que acababa de entrar, pues entraba demasiada luz desde el exterior. Por su voz parecía un hombre joven, aunque pronto pude confirmarlo cuando se aproximó hasta su escritorio. Su cara expresaba asombro y mucha confusión. De repente, la puerta que trajo a nuestro nuevo compañero se cerró, y por supuesto, el pomo desapareció. El joven se giró e intentó abrir la puerta al igual que nosotros cuando estuvimos en su situación. Sin embargo, en ese momento, me percaté de algo que podría ser importante. El cuaderno y el lápiz del anterior condenado, ambos, se volatilizaron en cuestión de milésimas de segundo ante mis ojos a la vez que un nuevo cuaderno y lápiz aparecían.

Tras intentar en vano abrir su puerta, el chico se acercó de nuevo a la mesa.

- Al fin encuentro gente. Llevo vagando desde hace días por este lugar tan extraño. ¿Dónde estamos?, ¿qué es este lugar?, ¿quiénes son ustedes? – dijo.

La chica y yo nos miramos simultáneamente, ambos sabíamos que estaba prohibido hablar entre nosotros, así que intercambiamos unas miradas de desconcierto. De nuevo, miramos al chico a la espera de que las reglas actuasen y así concebir nuestra impotencia ante tal hecho.

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- ¿Por qué la chica no desapareció después de aquel vocerío? – pensé. ¿Qué cambió de un caso a otro?, ¿las reglas son diferentes para cada uno de nosotros?, ¿o quizá las reglas tengan huecos y con ellos se puedan sortear las susodichas? Pero si así fuese, ¿cuáles son esos huecos y cómo podemos descubrirlos sin arriesgar nuestras vidas? Y la pregunta más inquietante… ¿a dónde han mandado a nuestro compañero y qué le está ocurriendo?

Le di vueltas a la cabeza durante mucho tiempo, y más que conseguir esclarecer mis dudas, me surgían cada vez más preguntas, lo cual me comenzaba a provocar cierta ansiedad, así que dejé de pensar e intenté tranquilizarme. Por otra parte, la chica seguía completamente traumada, aunque al menos ya había vuelto a escribir, esta vez con mucha calma y pausadamente.

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El tiempo. No te das cuenta de lo valioso que es hasta que lo pierdes…

Cuando terminamos de leer aquellas indicaciones, una fuerza desconocida controló nuestros cuerpos y nos sentó en nuestros respectivos asientos sin oportunidad de reacción o de oposición. Ya en las sillas, los que se acaban de convertir en mis ‘compañeros de celda’ y yo, intercambiamos unas efímeras, pero intensas miradas. Sus ojos exhibían una mezcla de inquietud, aflicción, desorientación y cierta resignación. No obstante, dudo de que mi mirada fuese mucho más alentadora. Después de esto, cada uno se centró en su escritorio y su cometido.

Visualicé mi escritorio. En el centro del mismo, se hallaba el cuaderno, cerrado, en la cubierta delantera se podía leer: ‘Condenado 1203-DJ’. Intenté ver la cubierta trasera, pero el cuaderno era inamovible. De hecho, tras abrirlo, no se podía volver a cerrar, y tampoco podías pasar las páginas hasta que no fuesen rellenadas. A la derecha del cuaderno, se encontraba el lápiz, con una goma unida al extremo. A la izquierda, el texto amarillo con las directrices. Antes de poder fijarme en nada más, me percaté de que la chica ya había comenzado, acelerada y desesperadamente, a escribir. Seguramente querría salir de su condena lo antes posible.

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Desorientado y acorralado. Sencillamente no se me ocurría otra forma de describir aquella situación, aquel panorama con el que había sido castigado. Me hallaba sobre las ramas de un árbol. No podía verme reflejado en ningún sitio, pero estaba seguro de que no presentaría muy buen aspecto. Bajé de esas ramas llenas de musgo y me encontré con algunos restos de un vehículo destruido. Me temía lo peor y no recordaba nada.

A los pocos minutos comenzó a llover y era lo único que se podía oír junto a una veintena de cuervos. No me hallaba en el paraíso, eso seguro.
Todo estaba completamente helado. De esta forma, tenía la sensación de poder contar mis horas de vida con los dedos de una sola mano. Me parecía absurdo y confuso que, a pesar de estar en un páramo helado análogo a la Antártida, hubiese una decena de árboles de todas las clases, alejados por una distancia considerable unos de otros y luego, en el horizonte, toda una selva amazónica. No obstante, no perdí la esperanza, tomé esta situación como un reto del que conseguiría salir tarde o temprano.

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