Cuando había sonado la alarma se había activado un curioso sistema de apertura de puertas, como las que presentan numerosos centros comerciales a su apertura. Todas las “habitaciones habilitadas”, se abrieron y se desplazaban hasta mostrar el camino completo. Nuestra situación era de pánico: éramos vírgenes y nunca habíamos visto a una chica desnuda en vivo. Pero no fue a la primera, porque al intentar distinguir entre luces, muebles y chica observamos que ésta estaba con la espalda apoyada en el fondo de la cama, con una fina camisa azul y mirando al colchón.
La miramos atónitos como si un fantasma viéramos, cuando nos miró y mostró una leve sonrisa.
- ¡Qué suerte, no me han tocado los peores! – exclamaba la chica.
- Tú eres Ginebra, del aula B de mi curso, ¿verdad? – preguntaba Juan.
- Claro, yo también te conozco. Si estas enfadado te sueles poner solo mirando el cielo, estás realmente atractivo haciéndolo – se ríe cortamente Ginebra.
- Gracias por el cumplido. Y ahora… ¿qué hacemos?
- Podríamos hablar mientras saltamos en la cama – se me ocurrió una idea -. Así pareceríamos que estamos follando, porque para perder la virginidad prefiero perderla con alguien que ame.